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Está bien, recuerdo aquellos veranos cuando era pequeña y mis padres me dejaban salir a jugar o ir a la piscina una vez había terminado los deberes. Me sentía feliz e intentaba terminar mis tareas lo más rápido posible. También me gustaba terminar los deberes y ponerme a leer mis libros favoritos, sus aventuras, sus historias,… No entendía como la gente odiaba leer, y tenía que ser premiada para hacerlo. … Pero, ¿qué hubiese pasado si mis padres me hubiesen premiado cada vez que leía un libro como cuando premiaban el hacer mis deberes? Lo más probable es que ahora no me gustase leer.

La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren.

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Es muy fácil premiar a alguien para que continúe con esa actividad en el futuro. Pero antes de premiar a un niño tenemos que diferenciar dos tipos de conductas: las que a los niños les gustan y a las que no. Si a un niño no le gusta leer o hacer los deberes será útil y efectivo premiarle.  El niño justificará  externamente que hace sus deberes por el premio, pero aun así los hará. Pero si al niño ya de entrada le gusta leer y lo hace porque recibe una satisfacción interna y le premiamos, terminará por leer para conseguir un premio y hará una interpretación externa de ello: yo leo porque mis padres van a dejarme jugar después.




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Tenemos que aprender a premiar las conductas que inicialmente no presentan una satisfacción interna. Esto es especialmente peligroso en los  colegios. Muchas veces, los profesores dan por hecho que sus alumnos no les gustan leer y premian a toda la clase para ello.  Esto hace que a los niños que les gustaba leer ahora solo lo hagan por el premio y no porque les apetece realmente leer.

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