Cuando queríamos ser mayores…


Aveces me asusta pensar en lo rápido que pasa el tiempo. Me gustaría poder congelar momentos dentro de una bola de cristal, para poder recuperarlos siempre que quiera, como esas bolas que siempre podemos encontrar en Navidad.

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Una de las cosas que me hace darme cuenta de lo rápido que pasa el tiempo es ver alos niños crecer.  Y lo que más pena me da es cuando descubren el secreto de la Navidad. Es día te haces mayor, sabes que estás un poquito más cerca de ser MAYOR. Porque cuando eres pequeño eso es lo que quieres: ser MAYOR. Y a veces descubrir el significado de la Navidad te hace sentir mayor…

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Pero ahora, una vez que has crecido y eres mayor (eso es lo que creo al menos, a pesar de que el día de mi 21 cumpleaños creyeron que tenía 14 años… Algún día cuando tenga 50 me alegraré por ello). Lo que iba a contaros es que una vez que eres mayor, darías todo por volver a ser pequeño y hubieses dado todos tus juguetes preferidos por que tu madre te hubiese engañado así:

Todos lo hemos vivido: un día, cada vez más pronto que tarde,  llega el enteradillo de la clase y te lo espeta así, sin miramientos. Tus padres te han estado tomando el pelo. Y tú eres un pringado por no darte cuenta. Es el primer gran triunfo del escepticismo contra lo que jamás cuestionamos, contra la palabra de papá, que va siempre a misa. No hay mayor molestia que la de sentirse engañado por quien tú más quieres. Te falla tu fuente más fiable, y ese día no se olvida jamás. Todos hemos vuelto a casa formulado la pregunta con terror a la posible respuesta:

–          Mamá, ¿los reyes sois los padres?

Lo que en idioma adulto significa:

–          Madre. ¿serás capaz de engañar a tu propio hijo? ¿eh?

Si mi madre hubiera contestado la verdad, el escéptico la habría ganado… para siempre. Sin embargo, lo que hizo fue ganarle la batalla con sus propias armas. Escepticismo contra escepticismo. Si yo me mostraba más dispuesto a creerme al más escéptico, ella se subiría a ese pódium. Su respuesta fue bien clara: sin pestañear y casi sin meditarlo ni un segundo, contestón:

–          Eso es lo que le dicen a los niños malos los papás que ven que los Reyes no les han traído nada. Como quieren que sus hijos sigan recibiendo regalos, los papas se ven obligados a suplantar a los Reyes Magos. Y para no confiarles que los auténticos Reyes Magos no les han traído nada, les mienten y les dicen que no existen.

Bingo. A partir de ese día, a cada enteradillo nuevo que me venía con el cuento de los padres, yo no podía hacer otra cosa que mirármelo con displicencia y compasión, como pensando: “si tú supieras”, y eso sí, mi madre siguió ostentando el título de fuete más fiable de mi vida durante al menos, doce meses más.

(#Annonymics- Risto Mejide. )

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