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De pequeña siempre me ha llamado la atención como los elefantes, los animales más grandes en los circos, no escapaban de ellos. Un día descubrí la respuesta:

Cuando los elefantes nacen les colocan una cadena para que no escapen. Al ser tan pequeños su fuerza es muy limitada y no consiguen escapar de la cadena que los aprisiona. Van creciendo y siguen intentándolo, cada vez con menos esperanzas de poder cortar esa cadena. Tantos fueron ya sus intentos que un buen día se cansan y dejan de intentarlo para siempre. Una vez que son mayores ya han aprendido que no tienen la fuerza suficiente para romper la cadena, y que intentarlo una vez más sería en vano. Ellos no saben que están equivocados, que la fuerza que poseen cuando son mayores es más que suficiente para romper esa cadena y muchas más.

Es obvio que la fuerza de los animales ha cambiado con el paso del tiempo, pero lo que no ha cambiado es su mentalidad. Un día aprendieron que por más fuerza que hicieran, los elefantes jamás serían suficientemente fuertes como para deshacerse de las ataduras. Y ahí se quedaron, con una indefensión aprendida por ellos mismos.

Por muy increíble que pueda parecernos, esto también sucede en humanos. En psicología llamamos a este estado Indefensión aprendida. Cuando las personas aprendemos que algo no funciona,  dejamos de intentarlo. Por ejemplo, un secuestrador suele dejar la puerta abierta para que la victima intente escapar. Las primeras veces que hace esto, cuando la victima va a escapar, le propicia una paliza. Son tantas las palizas que la victima recibe que ya no intenta huir, y así el secuestrador puede estar tranquilo si un día olvida la puerta abierta.

De vez en cuando deberíamos romper con viejas limitaciones, viejos patrones de conductas que un día caducaron pero que seguimos

manteniendo a veces por cariño.

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