Mantener, como una rebelde y creadora forma de vida, la clara decisión de no acostumbrarse.


Es normal tener una rutina, tener un control de las cuentas, mantener el congelador lleno, apuntar las citas con el dentista,… Pero muy a menudo la rutina se convierte en comodidad, en pereza de embarcarnos en nuevas aventuras, y poco a poco vamos planeando cada centímetro de nuestros días sin dejar espacio a la improvisación, la espontaneidad, ni la sorpresa. Y así morir poco a poco.

Ese lugar en el que estamos cómodos, no tenemos que pensar en nada, más que en planear lo que haremos dentro de X tiempo, dónde la  novedad no tiene lugar, se llama zona de confort.

Todos poseemos nuestra zona de confort y no es nada malo tenerla, pero de vez en cuando debemos salir de ella y explorar el mundo de ahí fuera. Al principio da miedo, no saber lo que vas a encontrar, tener que pensar, actuar, sorprendernos, vivir sin ataduras… Pero una vez atravesados los primeros pasos de lo desconocido es cuando empezamos realmente a vivir.

El tiempo es demasiado valioso como para limitarnos a repetir viejos patrones una y otra vez. Sólo tenemos esta vida para vivirla, hagámoslo bien. La gente siempre se arrepiente de lo que no hizo, de lo que no se atrevió a hacer. Tenemos esta vida para probarlo todo, actúa. Compra unos billetes para ese viaje que tanto deseabas, llama a ese amigo del que tantas ganas tienes de hablar, en resumen: atrévete a vivir.

Quizá suene difícil salir de esta zona de confort, pero es inmensamente sencillo. No hace falta hacer paracaidismo para salir de ella. Por ejemplo, puedes hacer cada día algo que no hayas hecho nunca. Ve al trabajo por otro camino, habla con ese desconocido que ves todos los días en el metro, cambia el bar en el que sueles tomar el café, cambia de pasta de dientes,… El caso es hacer pequeños cambios que nos recuerden que estamos vivos y que aun tenemos el control de nuestras vidas. Que nada está determinado por nada y que en definitiva,… somos libres.

Cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo. 

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